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JULIO ROMERO DE TORRES
     
           

 

 

Introducción a su biografía.

    Julio Romero de Torres nació en Córdoba, en el seno de una familia de artistas. Su padre Rafael Romero Barros fue un pintor de alta categoría, con una obra firme, de mucha calidad, en  clave contemporánea de su tiempo. Natural de Moguer; criado, formado y con muchos años de ejercicio docente en Sevilla. Acudió a Córdoba para ejercer como profesor al mismo tiempo que desempeñaba la función de director del Museo Provincial de Córdoba, circunstancia que hizo que Julio Romero naciera allí, en el mismo Museo(1) rodeado de cuadros y esculturas de todos los tiempos.
    Julio Romero de Torres nació, y se crió entre artistas plásticos. No solo Julio sino, que también sus hermanos Rafael y Enrique ejercieron la profesión de artistas, aunque sus carreras se vieron truncadas (2) por diferentes motivos. También hay que tener en cuenta que la docencia de su padre, hiciese posible el conocimiento de la obra, si no de la propia persona de artistas contemporáneos que fueron alumnos de su padre como el excelso escultor Mateo Inurria, los hermanos Bécquer, y un largo etcétera.

     Rafael Romero Barro impartiendo clases.Los dos del centro en la parte superior son Julio y su hermano Enrique.

    Durante sus años de formación hizo el tradicional viaje de los artistas románticos (algo tardío) a Marruecos y Túnez, buscando lo ancestral y primitivo; pero también hizo viajes a Francia, a Italia, Gran Bretaña, Países Bajos  y por supuesto conoció toda España, buscando la modernidad y la inspiración. Su obra es tan original que no tiene parangón, empeñándonos en buscar algo parecido nos tendríamos que ir a Gran Bretaña para ver la obra de los Prerrafaelitas, lo más cercano en cuanto al concepto.

    Consecuencia de su biografía y de su formación, Julio Romero de Torres podría haber sido un artista de carácter más universal, lo había visto todo, y había conocido muchos artistas con sus distinciones plásticas, formales e ideológicas. Pero su búsqueda le llevó a sí mismo. Su personalidad cordobesa y andaluza no se perdió en un mar de influencias. Y menos mal. Por esto lo considero un ejemplo de artista andaluz.

    A continuación detallo algunos aspectos de su personalidad que justifican positivamente esta idea.

    No sabemos de ningún momento de su vida en que ejerciera una actitud chovinista respecto de Andalucía, ni de Córdoba; todo lo contrario fue una persona que admiró la hermosura en la obra de sus contemporáneos independientemente de la nacionalidad de  estos, e intentó aprender de todos. (3)

    De la misma manera triunfó en todas partes. Obtuvo reconocimiento de la grandeza de su obra (obra de marcado carácter andaluz) en toda España y en otros lugares de Europa y América. (4)

                Fue Julio Romero de Torres un hombre de su tiempo, debió ser una persona afable y de buen carácter, pues no se atisban en su historia encontronazos sociales con otros artistas, ni con otras personas de cualquier medio profesional. Cuando hacía amistad con alguien la conservaba, muestra de ello es la cantidad de cartas personales que se conservan, y las muestras de condolencia que se enviaron a su hermano Enrique con su fallecimiento en 1930, en las que están presentes personas cuya amistad transcendía desde su juventud. Estos documentos se conservan en el Archivo del Museo de Córdoba que lleva su nombre.

    Rafael Romero Barros. 68x54 cm. Bodegón con naranjas. Museo Bellas Artes. Córdoba.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    Su atuendo.

    Decidió vestirse con capa y sombrero de ala ancha. Su aspecto le convertía en un individuo excéntrico, alejado de todas las modas, que llamaba la atención por dónde fuera. Esta se puede considerar una actuación. Pues ni siquiera en Córdoba se veían gentes de esta índole. Pero podría haber escogido otro atuendo, o simplemente haberse dejado una enorme barba (como su amigo Valle Inclán), vestirse de colorines, ponerse pendientes, o qué se yo… Lo cierto es que su aspecto se toma hoy día como un paradigma del aspecto andaluz. Julio Romero de Torres sabía que su aspecto se podía identificar con Andalucía, y lo hacía conscientemente, creando estilo, confundiendo Andalucía con su propia presencia. Aunque si observamos las fotografías de la época, nadie salvo el propio artista iba vestido de esta guisa. Y realmente este no era un atuendo propiamente andaluz, la capa española (con esclavina) era una prenda que dejó de estar de moda a mediados del siglo XIX, y el sombrero de alas anchas que hoy (gracias a Julio Romero de Torres) llamamos sombrero cordobés era una prenda muy usada en ambientes rurales, ciertamente elegante, pero que no era exclusiva de Andalucía, sino que su uso estaba extendido por toda la parte centro y sur de España. La combinación de las dos prendas (no idénticas pero sí muy parecidas a las de JRT)  había sido prohibida por el Marqués de Esquilache en la Madrid de finales del s. XVIII. Esta presencia suya era reconocida por todos en Madrid  y en todos los lugares, de hecho en varias caricaturas de él que aparecen en la prensa de la época se le representa de esta guisa.

    Horas de angustia. 1900.

     

     

    El Flamenco.

    Julio Romero de Torres recibió formación musical en el Conservatorio de Córdoba. Fue contemporáneo, y conocedor de artistas como Falla (en cuya obra nacionalista podemos encontrar concomitancias en la temática con la pintura de nuestro pintor), Albéniz, Granados, etcétera. Pero su pasión verdadera en lo tocante a la música era el Flamenco. No el Flamenco que entendemos hoy día, sino un Flamenco más antiguo (no en vano es este un Arte vivo, que evoluciona). En su juventud, y de la mano de su hermano Rafael, conoció este arte en las juergas que se organizaban en los alrededores de Córdoba. En estas juergas intevenían dos tipos de personas: los señoritos que pagaban todo y por ende tenían derechos adquiridos que rozaban con la esclavitud, y los contratados que tenían la misión de entretener a los señoritos. Pero también eran estos acontecimientos los lugares en los que se daba el Flamenco más puro y al alcance de todos los que estuvieran. No cabe duda que esta costumbre decimonónica resuena a un pasado de desigualdad, y se ha extendido en el tiempo hasta los años 70 del s. XX.

    Puede parecer que Julio Romero de Torres iba a estos lugares como uno de aquellos señoritos explotadores, pero si analizamos su vida y algunos comentarios escritos podemos decir que no era tal: “… Aquellas juergas no eran la la clásica juerga estéril, banal y vacía; en ellas yo observaba y sentía y temblaba de emoción ante una petenera bien cantada o ante el vértigo del final de un baile…”(Miradas en Sepia pág 165) . Aún así hace autocrítica de su juventud en algunos escritos, describiendo que no se siente a gusto por haber estado en estas celebraciones. Consta que se presentó como cantaor al concurso de cante de las Minas de la Unión. Actuó como profesional del cante, por lo que en las juergas él no admiraba ni se comportaba como los señoritos, sino como los explotados.   
    Muchos de sus cuadros están inspirados en las letras del cante, y en los diferentes palos (La niña de la navaja, La saeta, Las alegrías, La carcelera, La seguiriya, etcétera), así que su inspiración literaria (simbolista o prerafaelita) en muchos casos no devenía de grandes obras poéticas sino de pequeños poemas cantados.   

    Por otro se puede observar que realmente él amaba más al Flamenco que a la Pintura. En una ocasión declaró “…Si a mí me hubiesen dado a escoger entre la gran personalidad de Leonardo de Vinci – por el que siento una admiración que lo reputo como el primer pintor de la historia – o la de Juan Breva no habría vacilado. Yo habría sido Juan Breva, es decir, el mejor cantaor que ha habido, …”  …”(Miradas en Sepia pág 164).

    Particularmente a mí, como autor de este texto, me parece que es el Flamenco un arte autóctono andaluz. No cabe duda que tiene un carácter universal debido a su grandeza, y a su posibilidad de fusión y que se puede hoy día (ni mucho menos en los años en que Julio Romero de Torres vivía) hacer Flamenco en cualquier parte del mundo, pero no por eso deja de ser auténticamente andaluz, y por mucho que en otros lugares lo adopten, esto no va a cambiar.

    1904

     

     

     

    Julio Romero de Torres tocandfo la guitarra en 1925, en su estudio de Madrid.

     

     

    La tauromaquia.

    No se puede entender la tauromaquia como genuinamente andaluza, ni siquiera española. Los maestros más grandes de la Historia de las Artes Plásticas de España desde la edad moderna en adelante reflejan la tauromaquia en su obra, como Goya o Picasso. Romero de Torres imbrica la tauromaquia en su obra  por el reflejo que de ella hace el Flamenco y la Copla en las letras, no como una entidad temática. De hecho no conozco ningún cuadro en el que el maestro pinte una escena taurina (aunque es posible que exista pues no los conozco todos), si hizo retratos de toreros, e incluyó toreros en sus composiciones grandes. También consta que junto a Valle Inclán hizo defensa de la tauromaquia de Juan Belmonte ( lo retrató al menos en dos ocasiones, una de novillero en 1909 cuando Juan Belmonte tenía 17 años como regalo en agradecimiento a un brindis que le hizo el torero, y en un retrato que le hizo con pose de gladiador romano. Por último en el cuadro titulado “Ofrenda al arte del toreo aparece escrito el no,mbre de Juan Belmonte en la losa de mármol junto a los de Lagartijo y Guerrita”.  También se sabe que Juan Belmonte adquirió  el cuadro titulado “Carmen” de 1914 ) por lo innovador de su estilo, como símbolo de modernidad y en una actitud rebelde que respondía a una crítica muy extendida en la prensa del momento, por su manera de torear.

    Retrato del novillero Juan Belmonte.

     

    Los paisajes reflejados en sus cuadros.

    Sitúa las acciones que suceden en sus cuadros en lugares reconocibles, casi todos de su Córdoba natal, incluso durante los años que trabajó en Madrid. Como en el cuadro "Joven recostada en una puerta" de 1920, en el que se aprecia de fondo la Plaza del Potro de Córdoba

    1919. Retrato de Serafina Longa Larrinaga y su hija Regina Soltura. 114 x 93 cm. Colección particular